Si se mira la vida sin implicarse demasiado emocionalmente, da la sensación de que la cantidad de placer del que puede disfrutar un ser humano tiene unos límites. Con ello no digo que el límite sea pequeño, pero sí afirmo que está limitado y llega un momento que ya no se puede conseguir más placer (por mucho dinero o poder que se tenga).
Si le diéramos un valor numérico a cada placer que sentimos, con el objeto de ir descontando esa cifra del saldo de placer total que podemos consumir en nuestra vida, nos daríamos cuenta que hay placeres más “caros” que otros. No estamos hablando del dinero que nos ha costado conseguir ese placer, sino de la cantidad que restará ese placer del saldo del “placer vital total”.
Para entender el concepto vamos a poner unos ejemplos, que lógicamente no se corresponden con la realidad. Como no conozco a nadie capaz de valorar de una manera fiable las unidades de placer que consume cada cosa que hacemos, los ejemplos son orientativos para que se comprenda la idea que se quiere exponer.
Vamos a asignar una cifra teórica de un millón de unidades de placer a consumir a lo largo de la vida, para poder sacar una conclusión aproximada de la cantidad de unidades de placer que consume cada acto de nuestra vida. Así podremos saber lo que tardaremos en llegar al punto de no poder sentir más placer nunca más, dependiendo de las cosas que hagamos cada día.
Unos ejemplos de consumo de unidades de placer a descontar del saldo total.


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